¿Qué es la Historia?

"La Historia cuenta lo que sucedió, la Poesía lo que debía suceder"

Aristóteles (384-322 a.C.)

sábado, 28 de abril de 2012

El navío de El Portil


            Las arenas de las playas de El Portil aun guardan el misterio de la identificación del pecio hallado en 2008 en sus límites, aparecido tras un intenso temporal que hizo mover la posición de las dunas y masas de arena, cambiando incluso la fisonomía de la costa y dando como resultado hallazgos tan sorprendentes como éste.

A pesar de que los primeros indicios hacían pensar que se trataba del navío San Medel y Celedón, embarrancado en dichas playas en el año 1544 tras una larga travesía iniciada en Veracruz un año antes, las investigaciones más recientes parecen confirmar que se trataría de un buque holandés del siglo XVII, según el análisis de sus elementos constructivos que, a la postre, resultan ser muy escasos (un 10% de toda su estructura) debido a los continuos saqueos efectuados en el pecio tras encallar.

Las razones que favorecieron hacer creer que el pecio hallado en El Portil era el San Medel y Celedón venían dadas por un contrastado legado documental que afirma casi la misma posición del hundimiento de dicho buque con el aparecido en las arenas portileñas y que, desde su descubrimiento, recibió el nombre del “Pecio de Matagrana”. En efecto, el San Medel fue un navío artillado de 180 toneladas que, tras su regreso a la Península desde tierras americanas, sufrió los efectos de un terrible temporal que le hizo aproximarse a la costa onubense una vez había puesto rumbo a Sanlúcar de Barrameda y que, según su maestre Juan de Embelza, la arribada fue de tal modo:  “..Sondamos y nos hallamos en 30 brazas y pensando que estamos sobre Cádiz sufrimos su derrota y nos hallamos sobre las Arenas Gordas y tornamos a la mar y siempre nos abatían hacia la costa”.

Tras constatar que no se trataba de la costa de Huelva, donde pensaba tomar refugio, la tripulación del San Medel vuelve a hacerse a la mar, siendo nuevamente hostigado por los fuertes vientos de tal modo: “...la tormenta que seguía dio al navío al través en El Portil de San Miguel, en término del Marqués de Gibraleón”. Ante este hecho, se ordena  a la marinería lanzar por la borda todo el material que tuviese peso considerable, a fin de aliviar el calado del buque y poder embarrancar la nave para poder salvar a gran parte de la tripulación.

Asimismo, las crónicas de la época mencionan un saqueo sistemático del buque, una vez embarrancado, por las gentes de las poblaciones costeras cercanas tales como Cartaya o Lepe, mencionándose que fueron saqueados: “los restos de la carga, los pertrechos del barco, las joyas y ropas de los cadáveres y la propia madera del barco”.

Por otro lado, parece constatarse que no se trataría de dicho buque español del siglo XVI, sino de otro mercante construido en el norte de Europa, muy seguramente en Holanda, pues allí era costumbre fabricar los navíos más bajos que en España, según las propias características marinas de su medio más próximo, y puesto que se orientaban a navegar por bajíos arenosos principalmente.

 
Galeones holandeses. Fuente: www.woestenledig.com

Igualmente, el “Pecio de Matagrana” fue sometido, desde su descubrimiento, a la conservación y tratamiento de los restos de maderas que formaban la estructura inferior del buque, a fin de poder serle realizados asimismo los preceptivos análisis de datación que aporten una fecha clarificadora de su exacto hundimiento y adscripción edilicia a una nación determinada.

Sea como fuere, el hecho indiscutible es la profusión de hallazgos de pecios que todavía descansan en nuestras aguas, todos ellos catalogados en pos de iniciar futuras investigaciones históricas y arqueológicas que coadyuven a abrir un nuevo panorama de investigación de historia naval en una provincia cuya importancia marinera es de sobra conocida y celebrada.

   

BIBLIOGRAFÍA:


-Diario EL MUNDO (20/03/2008)

-https://www.huelvainformacion.es

sábado, 31 de marzo de 2012

El muelle de la R.T.C.L. en Huelva


Una vez fueron adquiridas definitivamente las minas riotinteñas por el consorcio británico financiero The Rio Tinto Company Limited, el presidente de la compañía, el escocés Hugh Matheson, ordenó al ingeniero inglés George Barclay Bruce que trazara una línea férrea que conectase las explotaciones mineras de Riotinto y la ciudad de Huelva, así como también un muelle embarcadero del mineral sobre la ría del Odiel.

El artífice principal del proyecto, pues, sería Bruce, quien había nacido en el año 1821 en la ciudad inglesa de Newcastle, que por aquél entonces era una urbe industrializada con multitud de minas de carbón cercanas, lo cual no hizo sino acrecentar su interés, desde muy joven, sobre todo lo relativo al mundo de la ingeniería ferroviaria. De tal forma, consta que trabajó como ingeniero en 1842 en la construcción del trazado férreo Newcastle-Darlington y, tiempo después, en el de Northampton-Peterborough; al igual que una estancia desde 1851 a 1856 en la India, ya como miembro de la Institution of Civil Engineers británica, contribuyendo asimismo a la creación de la línea ferroviaria de Madrás.

Para el proyecto onubense, Bruce contaría con la ayuda de otro ingeniero reconocido, Thomas Gibson, nacido en Tarsdon en 1843. Tras adquirir Gibson una gran experiencia en la erección de estructuras con pilotes enroscados, acorde a la moda constructiva del momento en lo referente a muelles, Bruce lo recluta como Director de Obras para el muelle de la R.T.C.L. en Huelva.

Bruce presentó su proyecto de construcción del muelle y el embarcadero onubense a la Compañía británica en el mes de febrero de 1874, siendo remitido con posterioridad a la Junta de Obras del Puerto y al Ministerio de Obras Públicas. En dicho proyecto se establecía el levantamiento de una estructura metálica con pilotes de fundición y roscas de tipo helicoidal, columnas y vigas de hierro forjado, complementándose asimismo con vigas y tablones de madera. Igualmente, el embarcadero poseía una segunda estructura de madera, aumentando su planta en altitud, aunque de forma independiente del muelle inferior, a fin de protegerlo de posibles impactos resultantes del atraque de los buques.


El muelle cargadero del mineral. Fuente de la imagen: https://pixabay.com


El mayor problema al que tuvieron que hacer frente los ingenieros ingleses fue una gran superficie blanda sobre la que colocar los cimientos, por lo que el proyecto tuvo que sufrir remodelaciones para tratar de solventar este impedimento natural. De esta manera, se ideó el empleo de una cimentación basada en plataformas de madera sustentadas sobre el lecho fluvial, una vez se comprobó que la acción de los invertebrados no era suficiente para lograr una gran erosión de la madera.

La vida del muelle onubense abarcó casi un siglo, desde el año 1876 hasta el 1975, embarcándose en total unas ciento treinta millones de toneladas de mineral con destino a puertos ingleses.

Igualmente, y una vez cesada su finalidad originaria, el muelle onubense se yergue hoy día con su magnífico semblante sobre las aguas del Odiel, en tanto que destacado legado arquitectónico industrial británico en tierras onubenses que, tras su rehabilitación, quedó al servicio de la ciudadanía como monumento que conmemora la secular conexión entre el ciudadano onubense y su ancestral ría.

sábado, 10 de marzo de 2012

El humanista Arias Montano en Alájar y Aracena

           El humanista Benito Arias Montano nació el 15 de Noviembre del año 1527 en la villa de Fregenal de la Sierra, perteneciente por aquél entonces al Reino de Sevilla, y hoy encuadrada en la provincia de Badajoz, acaeciendo, asimismo, su muerte en la ciudad de Sevilla el día 6 de julio de 1598.

La investigación histórica actual es consciente de que Arias Montano descubrió las enormes propiedades relajantes y tan propensas para la meditación que conformaba una gran parte de la serranía onubense, en el período que comprenden los años 1555 y 1559, cuando pertenecía ya a la Universidad de Sevilla y su pensamiento había entrado en contacto pleno con el erasmismo.

No obstante, sus temporadas de descanso en La Peña, próxima a Alájar y que era por aquél entonces aldea de Aracena[1], no obedecieron a ningún planeamiento personal de estancia y descanso por largo tiempo en la Sierra; sino que estuvieron condicionadas por los designios que su vida profesional le dictaban. Así, podemos ver que tras regresar del Concilio de Trento, celebrado en el año 1562, y donde acudiría con el cargo de asesor de don Martín Pérez de Ayala, Obispo de Segovia; un año más tarde, en 1563, se refugia en La Peña y permaneció allí hasta que fue nombrado Capellán Real el 21 de febrero de 1566, hecho éste que le permitirá estar de ahora en delante de forma más próxima con la institución monárquica.

Transcurrido el tiempo, tenemos noticias de la presencia del ilustre humanista en tierras onubenses nuevamente en el año de 1576; y no sería hasta los postreros diez años de su vida cuando volviera a pisar territorio aracenés, período de tiempo éste en el que organizó su vida con largas estancias alternas entre el convento de Santiago en Sevilla y la tranquila Peña de Alájar.

Su vida retirada en La Peña consistía en estar en un pleno contacto con la naturaleza, dedicándose al estudio y a la meditación; aunque todo ello sin dejar de lado en ningún momento una cordial convivencia con la gente serrana, con quienes mantenía muy buenas relaciones, en tanto que se erigió como su médico y curandero de reconocido prestigio, aptitudes profesionales éstas que fueron conformadas por sus amplios conocimientos no sólo de medicina, sino también botánicos.


Grabado de Arias Montano. Fuente de la imagen: http://www.proel.org

Sería precisamente en este bello lugar de la serranía onubense donde Arias Montano escribió en su retiro dos de sus más afamadas obras: la conocida como Liber generationis et regenerationis Adam, sive de historia generationis humani; operis magni prima pars, id est Anima (que data del año de 1593 y narra toda la historia del género humano, así como todas las vicisitudes por las que pasó el pueblo judío); y por otra parte, la denominada Naturae Historia, prima in magni operis corpore pars, que está dedicada toda ella a tratar de establecer diversas clasificaciones, así como también a conceder múltiples explicaciones científicas de índole físico, biológico y astronómico. No obstante, esta obra sería publicada ya de forma póstuma en el año 1601.

Pese a que decidió establecer su vivienda en La Peña de Alájar[2], Arias Montano tuvo presente, igualmente, desde fechas muy tempranas las inquietudes y problemas que surgían en el seno de la sociedad de la villa de Aracena; y ello se puede demostrar cuando optó por tomar parte activa en la reorganización de diversas cofradías y hermandades, en la construcción de la Iglesia de la Asunción, la reordenación de todo el sistema de asistencia a los enfermos en los hospitales existentes y, finalmente, la que fuera su mayor empresa, la fundación de la Cátedra de Latinidad.

Dicha fundación tuvo lugar en Julio del año 1597[3], con presencia legal de un notario de Sevilla; estableciéndose, asimismo, en los documentos de su escritura cuáles han de ser los procesos de selección del catedrático (implicándose aquí al Arzobispado y al Concejo de Aracena), que está abierto a aspirantes de cualquier nacionalidad ya que “...todos son uno en Nuestro Señor Jesucristo y en su verdad...”, aunque con la expresa condición de que “...hable tanto español que pueda ser entendido por los que enseñare de los que dé conversación”.

Del mismo modo, en tales documentos se recogen también todas los derechos y obligaciones que son inherentes al catedrático, así como también los libros que ha de emplear en sus enseñanzas: el Arte de la Gramática, de Antonio de Nebrija, el Dictatum Christianum que escribió Montano, amén de otras obras pertenecientes a diversos autores clásicos. Asimismo, se especifican todos los horarios lectivos, los cultos, el programa y el contenido de las clases, el período vacacional, cuáles deben ser los deberes de los alumnos, así como el nulo coste para los alumnos que fuesen oriundos de las poblaciones de Aracena, Fregenal y Alájar.

           El primer catedrático reconocido que tuvo la institución, y que la documentación nos ha legado, fue el Doctor don Juan Aguilar Amaya; quien fue, al igual que Montano, presbítero de la Orden de Santiago. Por su parte, la Cátedra estuvo dotada de una ingente cantidad de bienes, entre los que es posible especificar unas tierras en la villa de Fregenal, un molino en Alájar, trescientos ducados de renta, una vivienda en Aracena destinada como residencia del catedrático, etc.


[1] Alájar obtuvo la independencia jurisdiccional de Aracena en el año de 1700, previa autorización del monarca Habsburgo Carlos II (1661-1700).
[2] Consistió en una casa con estudio y en cuyos terrenos decidió plantar vides; así como también crear varias huertas con frutales y un paseo con parras y árboles de variado género.
[3] El primer emplazamiento que tuvo la “Cátedra de Latinidad” fue la Iglesia del Convento de Nª. Sª. del Carmen de Aracena, desde julio de 1597 hasta el año 1606, fecha ésta en que es trasladada a la Calle del Estudio de la misma localidad.

jueves, 9 de febrero de 2012

El vuelo del "Plus Ultra"

Existe un bello monumento en La Rábida, consistente en la representación de un Ícaro alado, que conmemora una de las mayores y desconocidas gestas de la aviación española del siglo XX, que no fue sino el vuelo transoceánico del Plus Ultra.

En efecto, al finalizar la I Guerra Mundial, no fueron pocas las naciones aliadas que, con la única intención de demostrar al mundo las potencialidades de sus aeronaves, victoriosas en las duras batallas sobre los cielos europeos en la recientemente concluida contienda, decidieron efectuar numerosos raids o travesías aéreas que unieran sus países de origen con lejanas tierras coloniales o con otros territorios sitos más allá de los mares y océanos. 

Así, desde el año 1919 hasta el 1924, se producirían numerosos raids realizados por prestigiosos aviadores ingleses, italianos, estadounidenses, franceses y portugueses, tanto en aeroplano como en dirigible, y que llegarían a asombrar al gran público, muy especialmente, cuando los Estado Unidos de Norteamérica consiguieron dar la vuelta al mundo en distintas etapas.

Mientras, en España, y llegado el año 1924, los mejores pilotos del Ejército del Aire, deseosos de emular dichas hazañas aéreas efectuadas por otras naciones de su entorno, comienzan a impacientarse, y presionan al Gobierno para obtener el permiso que facilite realizar un raid de prestigio para la aviación hispana. De tal forma, dicha autorización se obtendría en el mes de diciembre de 1925, cuando los éxitos militares obtenidos en Marruecos tras el Desembarco de Alhucemas ensalzaron los valores nacionales, y que se manifestarían, asimismo, con la realización de una gesta aérea que colocase a España, desde un punto de vista aeronáutico, a la misma altura que otros países occidentales. En este orden de cosas, se autorizarían tres grandes vuelos, que tendrían como punto de destino Buenos Aires, Filipinas y la Guinea española.
Ése mismo año, el Servicio de Aviación realizó un curso de adiestramiento para jefes y oficiales en las bases de Cuatro Vientos y Los Alcázares, al cual asistió Ramón Franco, quien empezaría a idear un raid aéreo de prestigio para España, un prestigio que fue duramente herido años atrás con el Desastre de Annual y que era del todo necesario hacer resurgir.


El comandante Franco dirigiéndose al "Plus Ultra". Fuente de la imagen: http://www.histarmar.com.ar

Así las cosas, Franco analizaría diversas rutas posibles para la realización del gran vuelo, decantándose finalmente por efectuar uno a la Argentina, el cual supusiera también un mayor estrechamiento entre ambas naciones, fortaleciendo de tal forma las relaciones entre España e Iberoamérica. Sin embargo, para tal vuelo sería necesario un aparato de especiales características, en concreto, que alcanzase los 3.000 kilómetros sin necesidad de repostar y, así, se elegiría un hidro Dornier Wal, que sería pertinentemente modificado para las condiciones especiales del vuelo.

La idea del raid fue convenientemente expuesta al General Soriano, director de Aeronáutica Militar, quien autorizó el proyecto, ordenando a Franco la realización de un informe detallado que sería presentado al Gobierno. También, en los estudios previos que se estaban efectuando, esto es, analizando muchas cartas marinas y de vientos, así como datos metereológicos, se determinaría efectuar el viaje en los meses de febrero o marzo, en tanto que fechas más propicias para el vuelo.

El aparato destinado a culminar con éxito tal hazaña aeronáutica sería el W-12/M-MWAL, fabricado por la casa alemana Dornier, al que se le instalarían ex profeso unos motores Napier Lion de 450 CV así como también un equipo radiotelegráfico y un radiogoniómetro, del todo útiles para una navegación tan compleja como la propuesta para este vuelo. Era indudable, asimismo, que una gesta de este calado necesitaría de los más experimentados y audaces hombres para su culminación, y así, Franco, seleccionaría a quienes él consideraba la élite de la aviación por aquél entonces y quienes, a la postre, serían sus compañeros en el vuelo: el observador Julio Ruiz de Alda Miguéleiz y el mecánico navarro Pablo Rada Ustarroz.

Por su parte, la autorización del Gobierno, presidido por Miguel Primo de Rivera sería finalmente concedida para la realización del raid una vez que el General Soriano y el recientemente nombrado Comandante, Ramón Franco, expusieron todos los detalles de la operación al Dictador, quien recibió el proyecto aeronáutico con gran entusiasmo y ofreció también la ayuda de la Marina para tal empresa, manifestándose con el envío de dos buques, el destructor Alsedo y el crucero Blas de Lezo, que transportarían repuestos y combustible.

El avión, recién salido de la fábrica de Pisa donde fue construido, realizaría su primer viaje hasta Melilla, sin contar otros de prueba de escasos kilómetros, a fin de comprobar que todos los instrumentos de navegación funcionaban correctamente. Desde la ciudad norteafricana, continuaría su traslado hacia Huelva, lugar en el que quedaría anclado hasta el día 21 de enero de 1926, cuando se desplazaría a Palos, en espera del inicio oficial del vuelo al día siguiente.

Tripulación del "Plus Ultra". Fuente de la imagen: www.elpais.com

Al amanecer del día 22 toda la tripulación del Plus Ultra acudió a oír misa a la Iglesia de San Jorge, la misma que siglos atrás albergó las plegarias de Colón antes de efectuar su viaje descubridor. Asimismo, una gran multitud acompañó en todo momento a los protagonistas de la gesta, así como a las autoridades civiles y militares, que habían acudido a despedir oficialmente a los cuatro pilotos. 

De tal forma, con todo dispuesto para el vuelo, arrancaron motores a las 7:51 horas y, tras un suave desplazamiento y carrera sobre las aguas del Tinto, el hidroavión Plus Ultra despegó a las 7:55 horas con rumbo a Las Palmas y, transcurridas unas ocho horas de vuelo, amaró en el Puerto de la Luz, en Las Palmas; concluyendo de este modo la primera etapa del raid español, realizada con una velocidad media de 163 kilómetros por hora. 

La segunda etapa del vuelo transoceánico del Plus Ultra comenzaría el día 26 desde Gando, por ser mejor allí habitualmente el estado de la mar que en el Puerto de la Luz y, también, el rumbo adoptado sería Porto Praia, en las islas portuguesas de Cabo Verde. Esta segunda etapa, de 1.670 kilómetros, fue completada en unas nueve horas y cincuenta minutos, con una velocidad media de 170 kilómetros por hora.

El sábado día 30 de enero se conformaría como el inicio de la tercera y más larga etapa del vuelo, comenzando a las 5:58 horas con el arranque de los motores y finalizando unas doce horas y veinticinco minutos más tarde, en el alejado archipiélago brasileño de Fernando Noronha, alcanzado tras emplear una velocidad media de 182 kilómetros por hora. Igualmente, el domingo día 31 se sumaría también a la tripulación del hidroavión el piloto naval Juan Manuel Durán González para realizar el último tramo del vuelo, y quien se hallaba, hasta entonces, en el Alsedo. A las 12:10 despegaría el Plus Ultra en dirección a la ciudad de Pernambuco (la actual Recife), donde llegarían a las 15:48 horas, teniendo que haber arreglado la hélice posterior, rota en pleno vuelo. De tal forma, y tras permanecer allí varios días la tripulación descansando y realizando arreglos en el hidroavión, retomarían nuevamente su raid el día 4 de febrero, cuando a las 5:10 horas despegan del puerto de Recife en dirección a Río de Janeiro, lugar al que llegarían tras doce horas y quince minutos, con una velocidad media de 171 kilómetros por hora.

En esta ciudad brasileña permaneció el Plus Ultra unos cinco días, durante los cuales fueron constantemente homenajeados sus tripulantes. Por fin, el día 9 de febrero, se inició la última etapa del raid, que tenía como meta la ciudad argentina de Buenos Aires, aunque realizando previamente una rápida escala en Montevideo, donde llegaría desde tras unas doce horas y veinte minutos, habiéndose empleado una velocidad de 172 kilómetros por hora. 


La estancia en la ciudad uruguaya fue muy breve, reanudándose el vuelo final hacia Buenos Aires el miércoles día 10 de febrero a las 11:57 horas, llegando finalmente a la capital de la Argentina a las 12:27 hora local. Allí el recibimiento fue apoteósico, siendo miles las personas que acudieron a recibir a los pilotos españoles, quienes, a su vez, despacharían con las principales autoridades gubernamentales argentinas en los numerosos actos oficiales y homenajes celebrados, antesala del gran recibimiento que también acaecería en tierras onubenses el 5 de abril de 1926.

En fin, cabe concluir aquí que aquélla gesta aeronáutica iniciada en Palos supuso ser un acontecimiento no sólo nacional sino también mundial, que despertó admiración y envidia por igual en el resto de naciones, insuflando ánimos muy necesarios para un país que, hacía no mucho, todavía seguía siendo una potencia colonial de primer orden, y que ahora empezaba a constituirse como otra que había tomado la iniciativa y estaba en condiciones de situarse en la primera línea de la Aviación a nivel mundial.













La Universidad de Huelva analiza los orígenes de Tartessos

La Universidad onubense ha conseguido congregar a un gran número de expertos y estudiosos del antiguo Tartessos, a fin de dar a conocer las últimas novedades e investigaciones sobre dicha civilización de nuestro pasado más remoto.

Desde los días 14 al 17 de Diciembre, el Aula Magna del Campus del Carmen de la Universidad de Huelva ha albergado el I Congreso Internacional “Tarteso. El Emporio del Metal”. Dicho Congreso, que ha contado con los más destacados especialistas en la materia, tenía por finalidad el aunar propuestas y posturas historiográficas distintas acerca de la problemática histórica tartesia, a fin de efectuar en los meses siguientes unas publicaciones con los resultados de las ponencias que coadyuven a escribir nuevas páginas en el avance científico general sobre el mítico reino protohistórico que habitó nuestras tierras.

Este Congreso se ha organizado en diversas mesas temáticas, previstas no tanto como disertaciones académica al uso, sino con debates de un gran nivel científico, con la confluencia de diversas opiniones que, más allá de crear confrontación dialéctica, han favorecido la libre afluencia de opiniones académicas, así como su complementación en base a constituir tendencias historiográficas distintas.

Desde un punto de vista organizativo, el Congreso sobre Tartessos se ha organizado del siguiente modo: en la primera mesa se trataron “Los modelos políticos figurados y sus fronteras territoriales”, la segunda habló de “Las estructuras de una sociedad compleja”; la mesa tercera del Congreso estaba referida a “La construcción identitaria, un proceso historiográfico”. La cuarta se denominaba “Tarteso en el Mediterráneo. Sincronías con las grandes civilizaciones”. La mesa quinta analizó “La producción del metal. las relaciones comerciales de Tarteso” y, por último, la mesa sexta se especializó en “Los paisajes de la Tartéside: hábitat, necrópolis y creencias”.

En estas mesas se oyeron palabras aportadas tanto por las fuentes escritas griegas y latinas posteriores a la civilización referida, como a otras aportadas por la investigación arqueológica; así, se habló, desde diversas posturas historiográficas, del mito de Norax, Gargoris y Habis, el legendario Reino de Argantonio, la aculturación fenicia, la plata tartésica que financiaría la construcción de las murallas de Focea, las primigenias investigaciones de Schulten, las estructuras urbanas, las necrópolis, etc.

No cabe duda que este Congreso sobre Historia ha tenido una gran significación para Huelva, puesto que nuestra ciudad fue parte preponderante del hábitat tartésico, en tanto en cuanto se constituyó como un territorio clave para la salida natural del mineral extraído en las minas del Andévalo, y que era uno de los productos destacados, una vez fundido y transformado en metal argentífero principalmente, para su comercialización con los colonizadores fenicios.

En este simposio internacional, que ha contado con los más destacados especialistas en Historia Antigua, se ha tratado la problemática sobre la cultura tartésica desde distintos puntos de vista, según tendencias históricas diversas, tratando de dilucidar si el territorio tartesio estuvo ocupado por grupos indígenas que sufren una aculturación gracias a la llegada de comerciantes y navegantes fenicios y griegos a las costas suroccidentales; o bien, por el contrario, se trató de una civilización que alcanzó una gran especialización económica (basada en la metalurgia) y una clara jerarquización social previa a sus contactos con los pueblos venidos desde el Mediterráneo oriental. 

Precisamente, por ese marcado carácter metalúrgico que caracterizaría a la civilización tartesia, no han sido pocas las entidades empresariales mineras instaladas en nuestra provincia las que han querido patrocinar este Congreso, por el simbolismo y conexión con el mundo antiguo, en tanto en cuanto se continúa ejerciendo hoy día tal actividad transformadora ancestral, pero ahora, claro está, con distintas e innovadoras técnicas científicas. 

Por otro lado, la propia configuración del Congreso, con mesas redondas, ha favorecido un debate posterior a lo dicho en cada conferencia, incluso con la participación del público asistente, algo muy innovador que propicia alternar no sólo entre las más autorizadas voces de la investigación histórica, sino también con la de estudiosos, historiadores de distintos ámbitos de especialización, personas interesadas en dicha temática o cualquiera que  deseara aportar su opinión al respecto.

Permítaseme añadir aquí la satisfacción que supone, asimismo, para cualquiera que le apasione la Historia, como es mi caso, el conocer en persona a algunas de las más grandes figuras del panorama académico histórico actual, investigadores de renombre autores de multitud de obras históricas de referencia, que en su día utilizamos mientras estudiábamos la carrera, y con quienes ahora hemos tenido el placer de conversar e intercambiar opiniones.

Este Congreso realizado en nuestra ciudad ha supuesto, en fin, un punto de encuentro no sólo de historiadores y especialistas, sino también de la propia disciplina histórica con Huelva, la ciudad milenaria que albergó en su seno a la cultura tartésica, junto con otros territorios andaluces; y que, precisamente por ello, este acontecimiento académico debe suponer un punto de inflexión a fin de seguir avanzando en la investigación para lograr conclusiones futuras más nítidas sobre nuestro pasado más remoto, así como también  su acercamiento y difusión a la ciudadanía de nuestros días a fin de lograr un mayor conocimiento sobre el mítico reino de Tartessos.












La "Casa Consejo" de Bella Vista en Riotinto

La Casa Consejo de Bellavista forma parte, junto con la Casa Colón de Huelva, de uno de los más destacados legados edilicios decimonónicos que el pasado británico forjó en nuestra provincia.

Existen hoy día pocos edificios tan emblemáticos en toda la geografía onubense como el denominado The General Manager´s House del barrio británico de Bellavista, sito en la localidad andevaleña de Minas de Riotinto. Este viejo anglicismo, no obstante, puede desorientar al lector, quien, a buen seguro, puede conocer tal edificación con el genérico y españolizado nombre de Casa Consejo, que sería adjudicado una vez que dicha construcción dejó de albergar a los sucesivos directores generales de la Rio Tinto Company Limited, detentadora de numerosas propiedades en la zona y explotadora de las minas riotinteñas desde el año 1873 hasta el 1954.

En realidad, el origen edilicio de tal vivienda debe retrotraerse al año 1880, esto es, el momento elegido por la R.T.C.L. desde el cual sus directores generales residirían próximos a las explotaciones y no en Huelva, siendo Charles Prebble el primer huésped que habitaría en la Casa Consejo, tras la dimisión de su antecesor, el también director general Mark Carr.


Barrio de Bella Vista a finales del s. XIX. Fuente de la imagen: www.diphuelva.es


Es, si cabe, la construcción que alberga un mayor número de miradas de los  visitantes que acuden diariamente al barrio inglés, hecho éste que resulta perfectamente comprensible tras apreciar su gigantesco volumen, carácter solemne y su amplio espacio natural circundante. En efecto, muchas han sido las voces que hablan, al referirse a la Casa Consejo, como una “Mansión del Gobernador”, adscribiéndose tal denominación quizás con la finalidad de infundir un atávico miedo o respeto para sus insignes moradores o, muy por el contrario, empleada por los más acérrimos detractores de la compañía británica, quienes, secularmente, buscaron desprestigiar y erosionar el poder económico extranjero; enmarcándose este hecho como una manifestación añadida que resulta propia de un contexto de huelgas y reivindicaciones sociales, muy conocidas en la historia sociolaboral de Riotinto desde el siglo XIX hasta fechas recientes, pero que muy en especial se acentuarían durante la dilatada presencia económica foránea en las tierras onubenses.

Centrándonos ahora en las características más destacables de tal edificación, es posible concluir que se trata de un edificio de planta casi cuadrada, con cuatro accesos o puertas de entrada, estando una de ellas destinada exclusivamente para el personal de servicio. Asimismo, posee un patio central culminado por un alto torreón a cuatro aguas, cuyos amplios ventanales iluminan todo el interior. Por su parte, en todas las  alas se abren distintas estancias y una bella escalera es la encargada de comunicar con la planta alta, donde se sitúan las habitaciones, rodeadas por una galería con una barandilla de hierro con motivos bellamente entrelazados. Igualmente, cabe añadir que la planta baja de esta casa se destinaba a cocina, comedor y estancias o salones con chimeneas de madera lacada, y la planta alta para el descanso, manifestándose con la existencia de amplios dormitorios.

La edificación sufrió diversas remodelaciones a lo largo de su existencia, siendo la más destacada la efectuada por el arquitecto londinense Alan Brace en 1928. Brace, quien fue antiguo combatiente de la I Guerra Mundial y ostentó el grado de Mayor, nació en 1886 en Londres y entró a formar parte de la R.T.C.L. a mediados de la década de los años veinte del siglo pasado, iniciando también la construcción de más viviendas  residenciales en el barrio, claramente diferenciadas en su tipología de las ya existentes; así como también le erección de otros solemnes edificios en el pueblo riotinteño, tales como la Dirección, la casa de huéspedes, la plaza de abastos, la posada o la primigenia escuela.


La Casa Consejo de Bella Vista. Fuente: www.garrat-patrimoniominero-industrial.blogspot.es


Una vez se desestimó seguir empleando la enorme edificación como residencia para los directores generales británicos, las amplias estancias de la Casa Consejo se utilizarían para albergar las reuniones directivas de las empresas explotadoras de las minas, desde la originaria británica hasta las sucesivas de capital español. No obstante, el declive de la actividad minera en la zona, muy especialmente desde los albores del siglo XXI, llevó parejo el abandono de sus instalaciones, incluida la otrora imponente The General Manager´s House, que sucumbió al saqueo y al pillaje de todos sus bienes durante varios años, unos años en los que ya su funcionalidad quedaría reducida a la nada. Ni siquiera el rodaje de la película El Corazón de la Tierra, en 2006, que tomó como centro operativo dicha edificación, pudo hacer resurgir la vivienda, pese a haber sido restauradas algunas estancias para el rodaje de ciertos planos cinematográficos.

Así las cosas, y siendo propiedad la vivienda de Endesa, se firmaría un contrato de compraventa entre la Universidad de Huelva y la antedicha entidad en el mes de abril del pasado año, por el cual los derechos de propiedad serían ahora de la institución universitaria. Llegado este punto, resulta notorio el manifiesto interés expresado por la Universidad onubense de poner en valor un edificio no sólo rehabilitando su decrépito estado actual, sino también albergando en sus dependencias futuras actividades de índole cultural, docente o investigadora.

En conclusión, estamos ante el inicio de una nueva etapa en la dilatada historia de la Casa Consejo, una época que cierra otras de esplendor para la economía foránea, y que recuerdan a episodios propios del colonialismo decimonónico; una época que cierra otras en las que las más trascendentales decisiones operativas y estratégicas mineras eran tomadas en los cálidos salones de la Casa, una época que cierra otras en las que la destrucción y el pillaje se apoderó de una mansión abandonada y, en fin, una época que presupone el inicio de una actividad para la noble vivienda muy diferente a todas las efectuadas hasta ahora en su interior, y que, cual ave Fénix, hará resurgir no sólo la arquitectura de un edificio emblemático para la localidad, sino la gran actividad cultural que albergará en su interior, y que tan necesaria resulta hoy día en una zona tan deprimida en todos los órdenes como es la del Andévalo onubense.









Los orígenes de la devoción rociera

La aldea almonteña de El Rocío se convierte anualmente, y durante unas fechas determinadas, en un destacado centro de culto y religiosidad de toda la Cristiandad, ya que, si bien la llegada de fieles a la ermita rociera no cesa durante todo el año, este núcleo aldeano se ve implementado, durante los días de celebración de la Romería, por un ingente número de personas, quienes movidas por la Fe, acuden a rezar, agradecer y pedir a la Virgen en base a sus creencias.

Sin embargo, es posible que los orígenes de esta devoción mariana que traspasa fronteras, y posee un innegable arraigo secular, sean poco conocidos por gran parte de la feligresía y la ciudadanía, por lo que, desde estas líneas, trataremos de esbozar diversas referencias históricas para comprender de un mejor modo el origen histórico de dicha devoción mariana que, a día de hoy, resulta ser junto con otros destacados lugares de culto a la Virgen, como es el caso de los santuarios de Fátima y Lourdes, el epicentro de la advocación mariana occidental.

De tal forma, y atendiendo a las fuentes documentales, vemos que la “Regla de la Ilustre, Más Antigua y Primordial Hermandad de Nuestra Señora del Rocío de Almonte”, del año 1757, hace referencia a un hecho legendario que explicaría en cierta forma los orígenes de la advocación a la Virgen del Rocío. Dicho documento referencia la leyenda de la aparición de la Virgen de este modo:

Entrado el siglo quinze de la Encarnación del Verbo Eterno, un hombre que, o apacentaba ganado, o había salido a cazar, hallándose en el término de la Villa de Almonte, en el sitio que llamaban de La Rocina (cuyas incultas malezas le hacían impracticables a humanas plantas y sólo accesible a las Aves, y silvestres fieras), advirtió en la vehemencia del ladrido de los perros, que se ocultaba en aquella selva alguna cosa, que les movía a aquellas expresiones de su natural instinto. Penetró aunque a costa de no pocos trabajos, y, en medio de las Espinas, halló la imagen de aquel sagrado Lirio intacto de las espinas del pecado, vio entre las zarzas el simulacro de aquella Zarza Mystica ilesa en medio de los ardores del Original delito; miró una Imagen de la Reyna de los Ángeles de estatura natural, colocada sobre el tronco de un árbol. Era de talla, y su belleza peregrina. Vestíase de una túnica de lino entre blanca y verde, y era su portentosa hermosura atractivo aún para la imaginación más libertina.
    
Hallazgo tan precioso como no esperado, llenó al hombre de un gozo sobre toda ponderación, y, queriendo hacer a todos patente tanta dicha, a costa de sus afanes, desmontado parte de aquel cerrado bosque, sacó en sus hombros la Soberana Imagen a Campo descubierto. Pero como fuese su intención colocar en la Villa de Almonte, distante tres leguas de aquel sitio, el bello simulacro, siguiendo en sus intentos piadosos, se quedó dormido a esfuerzo de su cansancio y su fatiga. Despertó y se halló sin la sagrada imagen, penetrado de dolor, bolvió al sitio donde la vio primero, y allí la encontró como antes. Vino a Almonte y refirió todo lo sucedido con la qual noticia salieron el Clero y el Cabildo de esta Villa y hallaron la Sta. Imagen en el lugar y modo que el hombre les havía referido, notando ilesa su belleza, no obstante el largo tiempo que había estado expuesta a la inclemencia de los tiempos, lluvias, rayos de Sol y tempestades.
   
Poseídos de la devoción y el respeto, la sacaron entre las malezas y la pusieron en la Iglesia Mayor de dicha Villa, entre tanto que en aquella selva se lavraba el Templo. Hízose, en efecto, una pequeña Hermita de diez varas de largo, y se construyó el Altar para colocar la imagen, de tal modo que el tronco en que fue hallada le sirviese de peana. Adorándose en aquel sitio con el nombre de la Virgen de Las Rocinas”.

No obstante, y entrando ahora en aspectos meramente históricos, resulta posible afirmar que, a finales del siglo XIII, consta la erección de la ermita de Santa María de Las Rocinas, presumiblemente entre los años de 1270 y 1284, de estilo mudéjar, y una vez que el Reino de Niebla fue conquistado y repoblado por el rey Alfonso X en 1262. Igualmente, y pese a la inseguridad de estos datos, sí queda constancia, en cambio, de dicha edificación en el “Libro de la Montería”, escrito por Alfonso XI (1311-1350), en tales términos: “Et señalada mjente, son los meiores sotos de correr cabo un yglesia que dizen Santa María de las Rocinas, et cabo otra eglesia que dizen Santa Olalla...”; derivándose pues, de este hecho documental, un culto constatado a la Virgen desde esas fechas en tal localización.

Conociendo, pues, que las fechas de las monterías del rey Alfonso XI de Castilla acaecieron en el año 1337, es lógico pensar que dicha edificación en honor de la Virgen del Rocío es, al menos, contemporánea o anterior desde un punto de vista cronológico a tal actividad cinegética efectuada por el monarca.


                              Grabado de la Virgen del Rocío. Fuente: www.hermandadrociosevilla.com


También, y siempre según las crónicas medievales, el territorio de Las Rocinas se convierte en un área que, por su abundante fauna, se convertirá en un cazadero privilegiado reservado exclusivamente a la Corona castellana, perpetuándose asimismo la denominación de Las Rocinas hasta los siglos modernos, cuando cambiará por la de Coto Real del Lomo del Grullo.

Dicho cambio de nomenclatura del territorio obedecería a una segregación del mismo que se efectuó en el 1476 por parte de los Reyes Católicos, donando al caballero Esteban Pérez Cavitos la zona donde se hallaba el eremitorio. Así las cosas, habría que esperar hasta el 23 de diciembre del año 1582 para ver cómo, mediante compra por parte del Concejo de Almonte, se convierte en propiedad de esta villa dicho territorio deslindado.

En efecto, la Edad Moderna hispánica fue un período del todo benefactor no sólo para la protección del culto a la Virgen del Rocío en aquél territorio, sino también para la implantación de diversas mejoras en el mismo. Así, en este sentido, se promulgarían a principios del siglo XVI varias ordenanzas dirigidas a la conservación del Real Bosque, incluyéndose también aspectos como la veda y la caza en el mismo. Igualmente, y como muestra de importancia otorgada por la monarquía hispánica en los siglos modernos a estos territorios, el área próxima a la aldea almonteña fue visitado por los propios reyes Felipe IV en el año 1624 y Felipe V en 1729.

Un aciago acontecimiento del siglo XVIII afectaría sobremanera a la aldea de El Rocío, pues el terremoto de Lisboa del año 1755 casi destruyó por completo la antigua ermita medieval, obligando al traslado de la imagen a Almonte. De tal forma, este siglo supuso la edificación de un nuevo santuario, también de inspiración mudéjar con la inclusión de elementos barrocos en su fachada y en el retablo interior, obra de Cayetano d´Acosta.

Así las cosas, y a modo de epílogo, nos resta comentar que los orígenes del culto a la Virgen del Rocío se hallan, ante todo, adscritos en parte a referencias legendarias, tan común a otras advocaciones cristianas; transmitiéndonos ciertas informaciones que han de ser corroboradas por las fuentes escritas, parcas a su vez en lo referente a la implantación del culto mariano, aunque sí resultan ser bastante significativas a la hora de adscribir una fecha concreta para la edificación de la primigenia ermita, en el siglo XIII, que permite inferir, por ende, un temprano culto y religiosidad en la zona que no ha hecho sino crecer con el transcurso de los siglos hasta convertir a la aldea almonteña de El Rocío en un lugar preferente de la Fe cristiana, donde se dan cita anualmente millones de fieles para celebrar la Romería de la Blanca Paloma.








Los orígenes históricos del Recreativo de Huelva

La ciudad de Huelva presume de una dilatada Historia, quedando todavía muchos vestigios visibles en nuestra ciudad. No obstante, existen también instituciones que perduran aun como muestra clara de la historia viva onubense, como es el caso del Real Club Recreativo de Huelva, el primer club de Fútbol fundado y reglamentado  en nuestro país.

La llegada de la compañía británica “The Rio Tinto Company Limited” a la zona minera onubense en 1873, implicó toda una revolución en muchos de los órdenes establecidos en la sociedad de la Huelva de finales del XIX, ya fuesen éstos de índole industrial, tecnológica, económica o social, abarcando asimismo lo meramente deportivo.

A este respecto, cabe explicar aquí que fueron muchos los aspectos que separaron desde un principio a las comunidades británica y española (la religión, mentalidad, cultura...), pero existió un invisible nexo de unión que supo aunar voluntades y superar, al menos mientras se practicaba, cualquier signo de diferenciación social. Me refiero, claro está, a la originaria práctica del “Foot-ball”, el fútbol, en nuestras tierras.

El origen mismo de la práctica de este deporte en España se encuadra en la localidad de Minas de Riotinto, donde se practicaban, ya desde el 1873, deportes como el críquet, el tenis, el squash, el croquet, el golf y el polo. Eran actividades deportivas muy conocidas y practicadas en Inglaterra desde hacía años e incluso siglos, pero ahora se convertirían en una apetecible vía de escape tras la agotadora actividad laboral en unas lejanas tierras que, para la comunidad británica establecida en Riotinto, eran más similares a las de un país colonial que a las integrantes de una nación europea propiamente dicha.

En lo que se refiere al fútbol, su práctica en la Cuenca Minera fue una consecuencia inmediata del establecimiento del Club Inglés en Riotinto en el año 1878, creándose de tal forma el denominado “Foot-ball Club Riotinto”, el cual estaría compuesto en un principio por trabajadores ingleses de la compañía minera; aunque, de forma paulatina, el número de practicantes de tal actividad deportiva, novedosa en aquéllas latitudes se iría incrementando, cada vez más, con apellidos españoles.

Por su parte, en el año 1884, la comunidad de británicos establecida en Huelva, también formada por los empleados de la “Rio Tinto Company Limited”, creará la denominada Sociedad de “Juego de Pelota”, instigada y promovida en gran medida por el doctor William Alexander Mackay, aunque dependiente todavía del Club Inglés de Riotinto.

Sin embargo, un hecho excepcional nos aclara que el fútbol era practicado en la capital onubense, al menos, un año antes de la constitución formal del club. De tal forma, una carta fechada el día 1 de Marzo de 1888 invita ya a la práctica de tal deporte en tales términos:“...el Dr. Mackay tiene a bien invitarle a participar en las próximas partidas de football y críquet que habrán de tener lugar a la hora habitual en los terrenos frente a la fábrica de Gas el día cinco del presente contra un team compuesto por tripulantes del buque “Jean Cory” llegado a Huelva el pasado mes de Febrero.”

De tal modo, se aprecia cómo el germen del club onubense de fútbol se encuentra en la Sociedad de “Juego de Pelota”, la cual origina el “Recreation Club” en base a la práctica normalizada del “football” desde 1884 hasta 1889, fecha ésta en la que es reglamentada de manera oficial.

Así, el día 23 de Diciembre de 1889, en el Hotel Colón, fue firmada el acta de fundación del “Huelva Recreation Club”, asistiendo personalidades tales como el doctor Mackay, W. Sundheim, Charles Adams (nombrado presidente de honor del recién creado Club), J. Crofta, A. Lindeman, A. Lawson, G. Spiers, A. Gough, E. Palin y los españoles P. de Soto y J. Muñoz. Igualmente, la sede del nuevo Club sería establecida en el propio Hotel Colón, en concreto en las habitaciones número 38 y 39, pertenecientes al pabellón Este del primer piso.

Los primeros encuentros futbolísticos, los partidos o “matches”, efectuados por el recién creado equipo onubense, tuvieron ocasión por la constante llegada de vapores ingleses al puerto de Huelva, favoreciéndose de tal forma partidos de fútbol organizados entre el “Recreation Club” y la marinería británica de los buques. Igualmente, ya en el 1890 se constatan partidos entre el club onubense y los de Riotinto y Sevilla, aunque los equipos de éstos se hallaban aun sin acta fundacional como sociedad para practicar el fútbol; esto se traducirá en que la documentación de la época se refiere a ellos como clubes ingleses, sin denominación social alguna y, por ende, aparecen sin entrecomillar en las referencias de los textos periodísticos que hablan de las convocatorias de los “matches”,  lo cual denota aun su no constitución formal.

Referente a los primeros encuentros disputados, el diario “La Provincia”, con fecha 30 de Marzo de 1890, afirma lo siguiente al respecto del encuentro entre el “Recreation Club” y jugadores del club inglés de Sevilla: “La pelea resultó brillantísima, trabajando ambos Clubs con verdadero interés, y pudiendo los de Huelva hacer dos goals por uno que hicieron los de Sevilla; resultando por esto victorioso el Club Recreativo.” Además, para este partido, el “Recreation Club” alineó a sus mejores jugadores, estando la plantilla formada tanto por jugadores ingleses como españoles, y quienes fueron:  Yates, Wakelin, Duclós, Coto, Kirk, Daniels, Curtis, Gibbon, Dadley y Smith, estando todos ellos capitaneados por Alcock.


Jugadores del Huelva Recreation Club en 1906. Fuente de la imagen: www.abc.es

En estos años, el “Huelva Recreation Club” practicaba el fútbol en los terrenos de la empresa “The Huelva Gas Company Limited”, una fábrica de gas de capital escocés, hasta que entrado el año de 1892 se determina la construcción de un espacio estable y permanente para la práctica de tal deporte, esto es, el llamado estadio de El Velódromo.

Llegado el año 1896, el “Recreation Club” fue dependiente del “The Huelva Seamen´s Institute”, una institución creada en 1892 en Huelva con el fin de alojar, ofrecer asueto y descanso a las tripulaciones de los buques británicos llegadas a Huelva por largo tiempo, o bien durante las esperas de carga y descarga del mineral en los muelles. Así, el diario “La Provincia” refiere que “La compañía de Rio Tinto ha empezado en el solar que linda con las calles del Duque de la Victoria, Valencia y Odiel las obras de construcción de un templo, dos escuelas, habitaciones para los profesores y club para las tripulaciones de los buques ingleses”.

Durante todo este período, el Club onubense fue mucho más “hermético” y “exclusivo”, practicando un fútbol como entretenimiento, destinado a jugar partidos entre jugadores venidos en los buques ingleses y orientado a ejercer una distracción deportiva para sus propios socios. Sin embargo, la situación cambiaría de forma rápida llegado el año de  1904, cuando el “Huelva Recreation Club”, y tras aprobar el año anterior un nuevo reglamento, se abre a la sociedad, donde existía ya, al decir de la época: “...un numeroso elemento aficionado al football”.

El “Huelva Recreation Club” ganó el Torneo organizado por el “The Huelva Seamen´s Institute” en el año de 1904, siendo esta Copa el trofeo más antiguo atesorado por el Recreativo en su dilatada Historia. Asimismo, el Club onubense participaría en otras competiciones, tales como el Campeonato de España de 1906, donde fue derrotado por el Athletic Club de Bilbao, al igual que contra el Madrid F.C.

En el año 1909 el Club onubense añadirá la titulatura de “Real” a su denominación, una vez fue autorizada por el monarca Alfonso XIII, a la par que seguía compitiendo en campeonatos nacionales y regionales de fútbol. Así las cosas, llegamos al año de 1931, cuando se produce un hecho destacado, como fue que el Recreativo cambiaría su denominación como Club, pasando ahora a denominarse Onuba F.C. Un nombre que se volvería a cambiar en 1940 por el de Recreativo Onuba, aunque ya en el año de 1945 adquiriría de nuevo su histórico nombre de Real Club Recreativo de Huelva.

No es objeto de este artículo el analizar el devenir histórico del período más reciente del Club onubense, sino el profundizar únicamente en las etapas más primigenias de su origen, que a su vez pueden llegar a ser, en fin, las más oscuras. Por ello mismo, resulta indispensable el acercarnos a las mismas para descubrir los orígenes más remotos del Decano del fútbol español, a fin de mostrar al mundo su lugar en la Historia no sólo de Huelva, sino también de España, la importancia y el orgullo de ser el primer club de “football” fundado en nuestra nación.





miércoles, 8 de febrero de 2012

El marino Juan de Lepe, rey de Inglaterra

El convento franciscano de Nuestra Señora de La Bella, en Lepe, fue erigido en el 1431 por el caballero cordobés Francisco Luján, dotándolo asimismo de suficientes rentas para que los legos no tuvieran más preocupación que adoctrinar en la Fe cristiana a las personas de las cercanas poblaciones, en especial las que se hallaren entre los terrenos de la Torre Catalán y el Terrón.

Sin embargo, bien fuera porque los frailes elegidos para su habitación no fuesen los idóneos, o bien porque no gozaron desde un inicio de las simpatías de los lugareños, el hecho fue que en un período de tiempo no excesivamente prolongado, el convento cayó en desgracia, desde una perspectiva religiosa y también desde otra más mundana, sobreviniéndole una gran ruina en sus instalaciones.

Así las cosas llegamos al año de 1583, cuando el padre franciscano Francisco de Gonzaga visita las ruinas del convento y hace un peculiar descubrimiento en su interior, un hallazgo que sería publicado en su magna obra “De Origine Seraphicae Religionis”, publicada en Roma en el año 1587. Veamos de qué se trató.

El fraile narra en dicha obra lo siguiente: “En la Iglesia de este convento (Ntra. Sra. de la Bella) aún se ve el sepulcro de cierto Juan de Lepe, nacido de baja estirpe del dicho pueblo de Lepe, el cual como fuese favorito de Enrique VII rey de Inglaterra con él comiese muchas veces y aun jugase, sucedió que cierto día ganó al rey las rentas y la jurisdicción de todo el reino por un día natural, de donde fue llamado por lo ingleses el pequeño rey. Finalmente, bien provisto de riquezas y con permiso del Rey volvió a su patria nativa y allí después de haber vivido algunos años rodeado de todos los bienes y elegido su sepultura en esta iglesia, murió. Sus amigos y parientes grabaron esta historia en lugar de epitafio, la cual quise yo, aunque no parece a propósito de esta Historia, dejarla como un recuerdo de este lugar”.

En efecto Gonzaga referencia, aunque de forma escueta, en su obra literaria, un acontecimiento de la mayor trascendencia que, por no existir hoy día un mayor número de fuentes escritas que lo complementen, resulta ser un hecho del todo desconocido para gran parte de los historiadores y, más aún, del conjunto de la ciudadanía.

Incluso la inscripción sepulcral sería destruida en su totalidad durante la Guerra de Independencia (1808-1814), como tantos bienes civiles y eclesiásticos españoles, que sucumbirían ante la furia liberal napoleónica, en tanto que adalid del nuevo orden liberal europeo, y que tomó como su más acérrimo enemigo a cualquier vestigio de las antiguas instituciones políticas, sociales y religiosas del Antiguo Régimen español.

El acontecimiento que nos ocupa, y que llamó la atención del ilustre fraile para rescatarlo del olvido de la Historia fue, en fin, la azarosa vida de Juan de Lepe, un marino de dicha villa onubense que en fecha incierta del siglo XV llegaría a Inglaterra, reinando en la misma el primer miembro de la dinastía Tudor, Enrique VII (1457-1509).

Al poco, el marino lepero, gracias a su saber hacer, picardía y astucia, consiguió ganarse paulatinamente la no siempre accesible confianza de la austera Corte Real inglesa, incluyendo la del propio monarca. Tal sería su amistad con el rey que albergó una serie de cargos en la Corte: confidente, amigo personal del regente británico, bufón, comensal y juglar, incluso compañero de los juegos de azar, que tanto gustaba practicar el rey Enrique.

                       Retrato de Enrique VII. Fuente de la imagen:www.luminarium.org


Cuentan las crónicas, en este mismo sentido, que el monarca inglés era dado a permanecer dilatadas temporadas en su Castillo, y por ello adquirió un denodado gusto por los espectáculos lúdicos, los juegos de azar y las apuestas. Asimismo, un día, quiso rodearse de su amigo Juan de Lepe a fin de que le acompañase en una partida de naipes cuya apuesta fue del todo relevante: las rentas del Reino y su titularidad regia durante un día natural entero. Ello sería algo novedoso en el modo de actuar de Enrique VII, pues era bien conocida en la Corte y en todos los rincones del país su desconfianza ante cualquier tema económico y, más aun, su carácter avaro en el manejo de los dineros.

El resultado final de la arriesgada apuesta fue la victoria en partida doble para el marinero lepero, tras lo cual el monarca Tudor no tuvo inconveniente alguno en cumplir con su palabra, otorgándosele desde ese preciso instante el título de Rey de Inglaterra durante un día, poniendo igualmente a su disposición todas las riquezas del Reino, todo ello sin desmerecer un ápice su confianza y amistad en el aventurero español.

En su día de reinado, de Lepe tuvo la precaución de arrogarse toda una serie de derechos para sí, prebendas y cuantiosas sumas de dinero que le aseguraran un próspero futuro, sabedor de que su reinado sería efímero. Así, desde ese momento, Juan de Lepe sería conocido en todo el Reino, desde el más humilde plebeyo hasta el más notable miembro de la clase nobiliar, como “The Little King of England” o, lo que viene a ser la traducción, “El Pequeño Rey de Inglaterra”.

Transcurridos los hechos de esta forma, es de suponer que el hábil aventurero lepero gozaría de unos años de espléndida fortuna en Albión, pudiendo gozar de toda su nueva riqueza, pero, a la muerte de su amigo y protector regio, decidió retornar a su tierra natal, temeroso de que la ascensión del nuevo rey provocase su inmediato declive en la corte británica.

Y así lo hizo, volviendo a Lepe, donde disfrutó de sus ganancias británicas, no sin antes donar una cuantiosa cantidad al ya mencionado convento de Nuestra Señora de La Bella, como buen cristiano temeroso de Dios, aunque dejando escrito como mandato testamentario la obligatoriedad de inscribir en su sepulcro, allí localizado, hechos tan destacados como los acaecidos en tierras tan lejanas.

Por desgracia, no quedan a día de hoy resto alguno de tal inscripción funeraria, si bien fue transcrita como ya hemos dicho por Fray Gonzaga; aunque permanece, a modo de legado de tales hechos, un objeto en extremo valioso, como es la mismísima corona real de Enrique VII, realizada en plata con esmaltes, que fue traída por Juan de Lepe y donada a su adorada Virgen de La Bella.

Cabe concluir aquí, en fin, la importancia y el protagonismo de un ilustre hijo de Lepe, quien supo sobreponerse a cualquier vicisitud en tierras lejanas, logrando incluso la connivencia con el poder en base a su perspicacia y, claro está, estrategia para lograr unos propósitos y aventuras que, cual libro de caballerías, muestra el innegable carácter pícaro español que tan bien supieron reflejar en sus novelas los autores del Siglo de Oro hispano.




                                                                   

La Casa Colón de Huelva

Existen pocos edificios tan emblemáticos en la provincia de Huelva como la “Casa Colón”, que se erige hoy día como un testigo mudo del esplendoroso pasado de la capital onubense; pues, aparte de su simbolismo e importancia social se conforma, desde un punto de vista arquitectónico, como un gran conjunto edilicio formado por tres edificios, aunque en su origen fueron cuatro, localizados en un área ajardinado de unas dos hectáreas.

Los orígenes de su construcción se deben al germano afincado en la capital onubense Wilhelm Sundheim (1840-1903), quien, por su condición de trabajador incansable, aprovecharía la coyuntura de los grandes proyectos que estaban previstos con motivo de la celebración del IV Centenario del Descubrimiento de América para erigir uno que, por su grandiosidad, fuese un símbolo o legado permanente para la ciudad de Huelva de aquél destacado acontecimiento histórico.


 Área interior ajardinada de la Casa Colón. Fuente: www.bne.es

En este sentido, Sundheim, en su condición de destacado promotor del gran desarrollo económico e industrial onubense de finales del siglo XIX, (gracias sobre todo a su labor como industrial, gran comerciante, banquero, cónsul de Alemania, etc); considera del todo necesario el crear unas infraestructuras óptimas no sólo para el transporte, sino también para el alojamiento del cada vez más numeroso y relevante staff británico de la Rio Tinto Company Limited que, desde 1873, comienza a aparecer en tierras onubenses.

Por ello mismo, estimará que tal edificio majestuoso tendrá un uso como hotel, a fin de alojar principalmente a los más destacados miembros directivos de la R.T.C.L., al igual que demás personalidades destacadas llegadas a Huelva. Pero, como decía, Sundheim considera que las infraestructuras onubenses en aquél tiempo eran insuficientes y, por ello mismo, la firma “Sundheim y Doetsch” traspasaría las obras del ferrocarril Sevilla-Huelva a la “Compañía de los Ferrocarriles Madrid a Zaragoza y Alicante”, constituida en el año 1856, siendo ésta finalmente la entidad que inaugurará dicha línea férrea en el año 1880.

Esta infraestructura ferroviaria, junto con la apertura e inauguración en 1889 de la línea Hueva-Zafra, coadyuvarían la venida a la capital onubense de un mayor número de personas y, claro está, favorecida por un desplazamiento en óptimas condiciones. Por todo ello, con el ferrocarril que unía las capitales andaluzas ya construido, condición sine qua non para la celebración de los actos del IV Centenario, tal y como le pidió el Presidente del Gobierno español Cánovas del Castillo a Sundheim, se daría paso al proyecto edilicio más ambicioso por aquél entonces en Huelva, la construcción del “Hotel Colón” en el año 1881.

En el mes de Agosto de ese mismo año, Sundheim encargaría al arquitecto José Pérez Santamaría realizar los planos y el presupuesto total de la obra, todo ello a expensas de la opinión de una Junta de Facultativos establecida en Londres y quien sería, en última instancia, la encargada de dar el visto bueno al inicio de las obras. De tal forma, con la obtención del permiso, se inician las obras del futuro Hotel Colón en diciembre del año 1881.


                   Tarjeta postal con la imagen de la "Casa Colón". Fuente: www.todocoleccion.net

El Hotel Colón fue construido en una parcela de 19.697 m2, perteneciente a los terrenos propiedad de Sundheim y, en su origen, se componía de cuatro grandes edificios dispuestos de forma paralela, bordeando un espacio cuadrangular de unos 60 metros, y que, a modo de espacio central del conjunto arquitectónico, sería destinado como un ajardinamiento.

La dirección de las obras corrió a cargo del arquitecto ya mencionado Pérez Santamaría, quien fue ayudado en la construcción por Andrés Mora, disponiendo de un presupuesto total para la realización de las obras de 5.500.000 reales. El tiempo estimado para la conclusión del proyecto edilicio fue de un año y, aunque estuvieron trabajando en todo momento unos trescientos operarios, finalmente, las obras se prolongaron durante seis meses más.

Considero que no es lugar aquí el analizar las características arquitectónicas del edificio, pues sobrepasaría con mucho el propósito de este artículo; no obstante, resultaría muy apropiado afirmar que el edificio derrochaba una gran suntuosidad, perceptible en el bello mobiliario traído desde Alemania e Inglaterra, la vajilla, que fue elaborada por la Fábrica Real de Porcelanas de Sajonia, así como una iluminación de luz eléctrica en gran parte del recinto, la cual hacía resplandecer los jardines, cuidados por un jardinero alemán perteneciente a la Escuela Real de Agricultura de Geisenheim. En este sentido, el Gran Salón del Hotel se convertiría en el más destacado centro de reunión social de la capital onubense, ya que en su interior tenían lugar las más importantes recepciones de la vida política y económica de Huelva, así como también las sesiones de la Real Sociedad Colombina Onubense.

La inauguración del Gran Hotel Colón de Huelva tuvo lugar el día 26 de Junio de 1883, cuando a las 8 de la tarde se dieron cita unos doscientos comensales de lo más granado de la sociedad; aunque la apertura al público no se produciría hasta el día 1 de Julio, estando el Hotel bajo la dirección de Mr. Adriow.


 Xilografía de la inauguración del Hotel Colón de Huelva. Fuente: www.juntadeandalucia.es
 

Entrado el año 1892, tienen lugar en la ciudad de Huelva las conmemoraciones por el IV Centenario del Descubrimiento de América, (del 3 de Agosto al 12 de Octubre), y el edificio albergaría toda una sucesión de fiestas, bailes, recepciones y alojamiento a las principales autoridades políticas del país, como por ejemplo Cánovas del Castillo, así como a los numerosos oficiales de la Armada, ministros y representantes de los países latinoamericanos que fueron invitados a las celebraciones.

Tras la conclusión de todos los actos conmemorativos, el Hotel Colón cierra sus puertas el día 31 de Octubre, y se mantiene en tal situación de venta hasta el año 1896, cuando será adquirido por la R.T.C.L. por unas 20.000 libras esterlinas, ya que la compañía británica necesitaba alojar a sus directivos y disponer de una serie de oficinas, teniendo espacio incluso para establecer un club social.



El memorial a los caídos en la I Guerra Mundial

En la localidad onubense de Minas de Riotinto se halla uno de los dos únicos monumentos honoríficos existentes en la Península Ibérica dedicados a los caídos británicos en la Gran Guerra.

En efecto, existe en un pequeño espacio del barrio británico de Bellavista, lejos de las miradas de curiosos y turistas que hoy se acercan allí a contemplar la belleza de la sobria arquitectura británica que conforma el recinto, un monumento que fue erigido con la intención de honrar la memoria de cinco miembros de la Compañía británica que se alistaron durante la I Guerra Mundial y que murieron, en un lejano frente de batalla, cumpliendo con su deber y por una causa en la que creían sobradamente.

Dicho monumento, junto con otro erigido en Gibraltar, son los dos únicos alzados en la Península Ibérica cuyo fin era el de rendir el merecido homenaje a los británicos que murieron en la I Guerra Mundial y que, en base a que tuvieron alguna relación con las tierras españolas para el caso que nos ocupa, Inglaterra estimó la construcción de tales monumentos en estas tierras, las mismas que tuvieron que abandonar para servir a su país, encontrando la muerte en las cruentas batallas no conocidas hasta entonces; y que precisamente para honrar su memoria, perviven hoy día como legado de su sacrificio.


                 Inscripción honorífica del monumento. Fuente: www.recuerdosderiotinto.blogspot.es

El monumento erigido en el barrio de Bellavista es una construcción muy simple. Se conforma por una pequeña pirámide de grandes losas de piedra de gossan superpuestas en tono ascendente, un pequeño cuerpo a modo de altar con una inscripción en placa metálica en su parte frontal, y sobre éste una columna de estilo dórico con escasa decoración. Pero, sin duda, el elemento de mayor importancia de toda esta construcción honorífica viene dado por la inscripción de la placa anclada en el altar anteriormente mencionada y que  reproduzco a continuación:

IN HONOURED MEMORY OF THE MEMBERS OF THE STAFF AT RIO TINTO MINES WHO FELL IN THE GREAT WAR 1914-1919.

Como hecho anecdótico cabe mencionar aquí el error manifiesto de impresión en la placa metálica, pues como se sabe, la I Guerra Mundial acaeció de 1914 al 1918, por lo que la aparición de la fecha 1919 bien pudiera tratarse de un error o, por el contrario, se pretendía reflejar la fecha de la firma del Tratado de Paz. A continuación de este escrito, se detallan los nombres de los caídos en combate pertenecientes a la R.T.C.L. Nombres británicos que, tras la pertinente investigación histórica con el cotejo de diversos legajos pertenecientes a la Compañía inglesa, relativos a las fichas personales de estos cinco empleados, me propongo enumerar:

El primer nombre es el de Wilfred V. Gilbert, quien fue dado de alta en la Compañía el día 14 de Junio del año 1907, trabajando en el departamento de Muelle de Embarque, y siendo su empleo el de Assistant Chef. En los años 1908 y 1909 su salario fue de ciento cincuenta libras y, del 1910 al 1911, fue aumentado a ciento noventa libras. Cuando muere en combate, en el año 1915, cobraba doscientas quince libras.

Otro de los honrados en el monolito es Alphonse E. Le Grand, quien nació en 1885. Se dio de alta en la Compañía el día 16 de Noviembre de 1910, siendo su ocupación la de Premier Assistant Chef. Tenía un salario de cuatrocientas libras al año (cifra ésta que no se alteraría hasta 1913, año en que se le incrementó en veinticinco libras). Asimismo, le fue concedida la Medalla de Oro por el Consejo o Board de la Rio Tinto Company por participar con el equipo de rescate en un salvamento de víctimas en un incendio que tuvo lugar en el Pozo Alicia, sito en las minas riotinteñas, en el año 1913.

Fue muerto también en la guerra, siendo miembro del staff de la Compañía británica, John T. Glen, quien se sabe que nació en el 1888. Igualmente, fue dado de alta en el Board el día 1 de Junio de 1914, trabajando como Assistant Engineer, y siendo su salario de doscientas libras al año. Murió un año después de haber sido contratado por la R.T.C.L., en el 1915, en el frente.

También aparece reflejado en el monumento el nombre Stephen Johns, quien nació en 1891. Fue dado de alta en el Board el día 21 de Agosto de 1914. Su ocupación era la de Assistant Engineer, percibiendo un salario de unas ciento cincuenta libras al año, salario que no llegaría a percibir al completo puesto que murió en combate ese mismo año, en 1914.


 El memorial a los caídos británicos en la Gran Guerra. Fuente: elaboración propia.


Por último, la inscripción del monumento nos refiere los datos de Harold H. Vardy, del cual la documentación es más profusa, y nos refiere que nació en Londres en el 1865 y murió en combate en el año 1917. Su ocupación en la Compañía era la de ingeniero, trabajando como superintendente en Tráfico Mina. Fue dado de alta en el Board el 22 de Enero del año 1908. En los años 1908 y 1909 ganó trescientas cincuenta libras al año, incrementándose anualmente veinticinco libras hasta el año 1912. Su última peonada fue el 4 de Octubre de 1917. Vivió en la vivienda número 32 de Bellavista junto con su esposa Katherine, quien era natural de Londres.

Sus hijos fueron Kathleen, nacida en Riotinto el 28 de Julio de 1909, y Hugh Kenneth, nacido en Riotinto el 29 de Junio de 1913. Tuvo por padres a John y Sarah Vardy, y sus suegros fueron Richard y Katherine White. Asimismo, estaban a su servicio en 1915 las criadas Bibiana Villarino, de veintiún años y residente en la barriada riotinteña de Mesa de los Pinos (hoy denominada El Alto de la Mesa); y Josefa Jareño, de veinticuatro años con residencia en El Campillo.

Se trata, en fin, de datos personales sobre empleados que cualquier compañía de la época solía archivar a fin de conocer lo máximo posible sobre su plantilla y que, llegado el caso, solían adornarse con informes negativos si se trataba de personas conflictivas o susceptibles de albergar ideas sindicalistas, tan necesarias para conseguir determinados derechos sociales de sus trabajadores españoles, a la par que nocivas para una Compañía de principios del siglo XX cuyo objetivo prioritario era la consecución de beneficios anuales, sea cual fuere las tierras donde estuvieran establecidos.

No obstante, tras estos datos se encuentran cinco personas que, movidas por la llamada del deber, acudieron sin dilación donde su país les requería: a los frentes de Verdún, del Somme, y de tantos otros campos de batalla europeos que no fueron sino cementerios para miles de jóvenes soldados británicos, franceses y alemanes y que, por ello mismo, sus respectivos países trataron de honrar de diversas formas, siendo una de ellas la erección de monumentos como el que podemos apreciar en tierras onubenses.




La operación militar "Crisex 83" en Huelva

La provincia de Huelva fue protagonista, una vez más, de albergar un magno dispositivo de fuerzas militares que, en el marco de los acuerdos de cooperación firmados entre España y los EEUU, efectuaron diversas operaciones y simulacros tácticos en suelo onubense, a fin de reforzar la cooperación diplomática y militar entre ambas naciones aliadas.

En efecto, entre los días 31 de Octubre y 8 de Noviembre de 1983 y, debido a la firma de una serie de acuerdos entre España y los EEUU, tuvieron lugar en suelo onubense el desarrollo de los llamados “Ejercicios Conjunto-Combinados CRISEX 83”, una serie de maniobras militares con amplia participación de diversas unidades de los Ejércitos de ambos países, a fin de mejorar su preparación y operatividad en caso de un supuesto ataque o invasión enemiga en suelo español.

Las maniobras de la Operación CRISEX se venían efectuando cada dos años, iniciadas en el 1979, y su principal objetivo era tanto adiestrar como mejorar la cooperación entre los ejércitos españoles y las unidades de la VI Flota estadounidense. Los simulacros de la CRISEX 83 iban a ser, en un principio, las más importantes de las realizadas hasta esa fecha, pero al final no fue así, ya que Estados Unidos retiró a unos 9.000 marines debido a los graves acontecimientos internacionales acaecidos en aquél mismo año, los atentados en Líbano y la invasión estadounidense de la isla de Granada.

Sin embargo, ésta no sería la primera vez que se dispusieron en Huelva grandes medios humanos y técnicos para la realización de tales maniobras, pues ya en 1964 tuvo lugar en las playas de Mazagón la “Operación Lanza de Acero I”, la cual, como sabemos, ya traté en un artículo anterior.

El inicio de las operaciones fue supervisado por las más altas autoridades del Estado, destacando la presencia el día 2 de Noviembre de S.M. el Rey, el Ministro de Defensa, los mandos de la Junta de Jefes de Estado Mayor, mandos de la Región Militar, el Teniente General de la JUJEM, y el General Richard L. Lawson, Segundo Jefe del Mando de los EEUU en Europa. Asimismo, las maniobras estuvieron dirigidas por el Jefe de la II Región Aérea, asistido por el General americano Ernest T. Cook.

La Operación “CRISEX 83” partía del siguiente supuesto: una serie de fuerzas militares enemigas han desembarcado en un amplio radio del SW peninsular, disponiéndose a avanzar hacia el interior y tomando diversas localidades a su paso. Por ello mismo, las fuerzas destinadas a la defensa del país acuden a su encuentro aprovechando las paradas efectuadas por el enemigo por motivos de logística o reabastecimiento.

En teoría, se produciría un desembarco de fuerzas enemigas en el Algarbe portugués,  penetrando en suelo español en dirección a Extremadura y Sevilla. De este modo, y tras una detención en el avance, unidades militares españolas y norteamericanas deberían  realizar un masivo desembarco anfibio y aéreo sobre la retaguardia enemiga, evitando de esta forma un aprovisionamiento mayor, mientras que los blindados y aviones de los dos países aliados bombardearían diversos objetivos estratégicos de las tropas enemigas. También, buques pertenecientes a la VI Flota norteamericana darían apoyo y cobertura a la operación de desembarco.

De tal forma, las fuerzas militares de defensa (Bando Azul), se opondrán al ejército invasor (Bando Naranja), a fin de poder contrarrestar la situación de desventaja inicial, tratando de romper el frente, a la par que se busca la superioridad aérea y marítima en tanto que apoyo a las fuerzas de infantería, con el fin de distraer las fuerzas e impedir la retirada enemiga.

Las fuerzas participantes en la Operación fueron las siguientes: la Brigada Mecanizada XXI, un Batallón de Carros Blindados del Regimiento “SORIA” Nº 9 (Brigada XXII), un Grupo de Artillería de la División “GUZMÁN EL BUENO”, varias unidades de Transmisiones del Cuerpo de Ejército y otras Compañías pertenecientes a la BRIPAC (Brigada Paracaidista), así como una Unidad de Helicópteros. Igualmente, por mar España dispuso de unas veintitrés unidades, destacando tres destructores, submarinos y cuatro fragatas que daban escolta al portaaeronaves “Dédalo”.

Por su parte, los Estados Unidos dispusieron de fuerzas paracaidistas pertenecientes a la 82 División Aerotransportada, el Equipo de Combate del 4 Batallón del 325 Regimiento Aerotransportado, dos unidades ANGLICO, doce buques estadounidenses, destacando el portaaviones “John F. Kennedy”, el crucero “Belknap”y el portaareonaves “Guam”; al igual que 120 aviones, pertenecientes a diversas unidades de la USAF.

La suma de todas estas fuerzas daban la cifra de 26.000 hombres, entre los cuales 7.800 soldados, 850 vehículos, diversos componentes de Artillería y 18 helicópteros estarían dispuestos a hacer frente al supuesto enemigo, cuyas fuerzas de tierra sumarían 4.800 hombres y 85 carros de combate, apoyados por aire con veinte aviones, y por mar, con una corbeta y tres submarinos.

Las fuerzas de defensa del país (Bando Azul) tendrían que avanzar en dos frentes, uno, siguiendo la carretera N-431 hasta la localidad de San Juan de Puerto, donde enlazarían con las fuerzas aerotransportadas, lanzadas sobre Trigueros, y cuya misión era la de controlar las comunicaciones de ésta localidad y las de Moguer. Estas fuerzas estaban formadas por 2.000 efectivos de la BRIPAC, así como por unidades de la 82 División Aerotransportada, lanzadas en paracaídas desde aviones C-141, llegados directamente  desde su base en Carolina del Norte. Por su parte, el otro frente avanzaría desde las villas de Almonte e Hinojos, con la pretensión de contactar con las fuerzas enemigas establecidas tras los desembarcos.

Se trataba de efectuar una maniobra táctica rápida y contundente sobre el grueso de tropas llegadas a suelo español, sin preocuparse tanto por los flancos, a fin de que no tomasen y fortificasen zonas de comunicación vitales. Incluso se previeron ataques con armas químicas, por lo que las unidades fueron dotadas de protección NBQ.

En el mar se crearon cuatro grupos operativos, con el fin de prever ataques aéreos, submarinos y de superficie, prestando apoyo igualmente a la Fuerza Anfibia Operativa Combinada, encargada de los desembarcos en la retaguardia de las tropas de invasión, al mismo tiempo que se consolidaba así un amplio radio marítimo en previsión de nuevas oleadas de desembarco por fuerzas enemigas. Por otro lado, en el aire, las aeronaves debían consolidar el espacio aéreo, apoyar a las unidades de tierra con bombardeo estratégico y apoyar la guerra electrónica.

Las maniobras militares encuadradas en la “Operación CRISEX 83” fueron ejecutadas durante una semana, en la cual la climatología fue del todo desapacible; sin embargo, los objetivos de coordinación y actuación entre los ejércitos español y estadounidense fueron cumplidos en gran medida, empleándose asimismo la normativa OTAN en este tipo de actuaciones militares, y todo ello, con el fin de consolidar un apoyo mutuo entre naciones aliadas que, utilizando el bello paisaje natural onubense, tratarían de ofrecer al mundo su poderío militar ante una posible invasión extranjera en nuestro país.